La fe y luego las obras

“Le dijeron (a Jesús): ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?
Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (S.Juan 6:28-29)

Muchas personas piensan atraerse el favor de Dios haciendo buenas obras. ¿Podría Dios no tener en cuenta el celo que despliegan asistiendo a servicios religiosos ni la generosidad que muestran haciendo el bien a su alrededor? Pues bien, tenemos el deber de quitarles esa ilusión.

Querer cumplir uno mismo su salvación es desconocer el perfecto amor de Dios, quien no pide nada al pecador sino que le ofrece un Salvador; es poner la justicia de Dios aun lado para establecer la propia; es rebajar el valor de la muerte de Cristo y de su resurrección; es pretender que nuestras obras son más preciosas para Dios que la sangre de su Hijo; es querer ser más sabio que Dios y emprender locamente una obra que sólo Dios puede hacer y que, por otra parte, El ya hizo.

Dios ha amado a los hombres: Dios ha dado a su Hijo…para que el pecador perdido que cree en El tenga vida eterna. No se hallará en el cielo nadie que haya sido salvo por otro medio: “…Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.” (Efesios 2:8)

Los que son rescatados de su vana manera de vivir y dotados de una nueva naturaleza capaz de servir a Dios (1ª Pedro 1:18; Efesios 2:10) podrán mostrarle su fe mediante las obras y glorificarle.

¡Pero no lo harán para ser salvos, sino porque ya lo son!



Amén.


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