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Después de 11 años trabajando en la Universidad (y actualmente también estudiando la carrera de Relaciones Laborales) he podido comprobar “in situ” que la universidad no es solamente un lugar geográfico (en nuestro caso la universidad del “Camp de Tarragona”), sino algo dinámico que imparte una influencia importante que afecta (positiva i/o negativamente) a todo el conjunto de la sociedad más allá de sus cuatro paredes.

Esta influencia fáctica sitúa al cristiano “universitario” en un campo de batallas librando luchas no sólo en el campo intelectual sino también en el campo ético y espiritual.

Sin embargo, creo que el pensamiento académico ha evolucionado en las últimas décadas desde un ateísmo férreo en el que la fe es poco más que una forma antigua o primitiva de pensar en vías de extinción hacia un agnosticismo en el que hay dudas y la idea de Dios o el más allá no se descarta, por si acaso.

Y es que en su mayoría, muchas personas se declaran agnósticas aunque más que una convicción de agnosticismo reflejan una cierta indiferencia hacia todo lo que esté relacionado con Dios o el más allá (cabe decir que, en ocasiones, esta indiferencia es fruto del descontento producido por la institución católica romana). También es cierto que la mayor parte de las personas con las que he podido conversar no toman una postura agresiva en contra de la existencia de Dios (ni siquiera contra el protestantismo) sino que creen que quizás “hay algo” fuera de lo que ven pero, como dice José de Segovia en uno de sus artículos, “sencillamente viven de espaldas a esa realidad”.

Sin embargo, por mucho que no se preste atención a las cuestiones espirituales, el método científico es insuficiente para dar respuesta a contenidos trascendentales. A esta conclusión llegó, entre otros, Frederick W. Taylor (Ingeniero Mecánico, economista estadounidense y padre de la denominada organización científica del trabajo) cuando afirmó que “las cuestiones realmente importantes acerca del cosmos no han sido contestadas... la ciencia, por sí misma, no puede dar cuenta de ellas”, y esto es debido a que toda explicación del universo no puede darse simplemente con pruebas empíricas, sino que únicamente podemos encontrar en Dios al Diseñador inteligente e inagotable.

Pensemos que la mayoría de los creadores de la ciencia moderna (Copérnico, Galileo, Pascal, Newton, etc.) eran creyentes que encontraban en la Biblia un gran estímulo para su actividad científica. Ellos no usaban la ciencia para defender su fe. Más bien, al contrario, era su fe cristiana lo que les impulsaba a buscar el orden que Dios había puesto en la naturaleza. Y es que, como dice el apóstol Pablo a los romanos, las cosas de Dios son “entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20).

De aquí que el reto del cristiano (en la universidad y fuera de ella) continua siendo el mismo que hace dos milenios y que no es otro que el de dar razón de su fe (1 Pedro 3:15) sin complejos, pues el Evangelio no sólo está a la altura de cualquier área de conocimiento sino que tiene una relevancia intelectual (y sobretodo espiritual) extraordinaria e innegable.

¿Cuál debería ser la estrategia a seguir? Sigue siendo la misma: Conocer a los destinatarios a quienes debemos predicar el Evangelio, y al igual que el apóstol Pablo en Atenas plantarnos en el areópago (las aulas en el caso de la Universidad) y aprovechar cada oportunidad que se nos plantee para presentar al Dios conocido (y que conocemos personalmente) con un lenguaje apropiado por el contexto en el que nos encontramos pero sin alterar ni un ápice el Mensaje.


Pastor: Samuel García Mega