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“Yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú” Isaías 43:1
“Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede.” (1ª Corintios 7:20)

Si hemos sido redimidos por el Señor Jesucristo, esto implica que somos de su propiedad y que tiene derechos sobre nosotros. Pero esto no significa necesariamente que debamos entonces dejar el oficio, profesión o la ocupación que teníamos al momento de convertirnos. Salvo el caso de que ese trabajo no pueda ser hecho con una buena conciencia ante Dios, debemos permanecer en el puesto y cumplir nuestras tareas cotidianas con una nueva y más noble motivación, “como para el Señor” (Colosenses 3:23)

Lo importante no es la clase de trabajo que hacemos, sino el espíritu con el cual lo hacemos. Estamos exhortados a mostrar a todos una correcta fidelidad, para que en todo adornemos “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10). Dios puede y quiere bendecirnos dondequiera que estemos, si permanecemos sujetos a su voluntad.

Cuando se trata de cambiar de empleo, es Dios quien debe intervenir y abrir las puertas para nosotros: así seremos guardados de dar pasos inciertos en lo desconocido. Si El quiere mejorar nuestras circunstancias (por ejemplo, darnos más libertad para ocuparnos de sus intereses o en su Palabra) lo aceptaremos con agradecimiento. El tiene un plan muy definido para cada uno de nosotros y no nos desamparará. Nos conviene confiar apaciblemente en El.

La muchacha judía que servía en la casa del general sirio Naamán nos recuerda que, aun a través de circunstancias difíciles, podemos hacer grandes cosas para el Señor. Por medio de su fe, esa joven llegó a ser instrumento para poner a su amo en contacto con el Dios vivo y verdadero.


Amén.